Blues y rock and roll para tiempos modernos

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Atención: éste es un viaje psicodélico ecologista, de raíces bluseras, espíritu suburbano y alma de rock and roll. En su tercer larga duración, la banda ofrece diez canciones con su sello, con una producción más depurada, con el ingeniero Mario Breuer detrás de la mezcla, con mares que quiebran las rocas y huracanes que llevan las olas. Así de fuertes se sienten Los Espíritus. Fuertes como para invitar a bailar desde el inicio, con “Huracanes”, una pieza disco para baile corto, de movimiento continuo, ese de dos baldosas no más, siempre hipnótico, siempre narcótico. Un baile de salón tarantinesco, pero en plena avenida Corrientes.

Con Agua ardiente, la agrupación liderada por Maxi Prietto y Santiago Moraes marca el terreno ganado con sus dos discos anteriores, y si con Gratitud (2015) consolidaron un sonido y una intención estética trabajada a fuego lento, aquí el eje está en las canciones, pulidas en la misma piedra, con más horas de trabajo quizás, a riesgo incluso de perder la frescura con la que se posesionaron como una de las bandas del under local más interesantes de los últimos años.

Un disco de cuarenta y tres minutos pensado, otra vez signo de los tiempos, como si de un vinilo se tratara, con cara a y cara b, con composiciones que por momentos parecen querer detener la aceleración de los días que vivimos.

Del arranque con “Huracanes” y la promesa de convertirse en un clásico del “vivo”, la banda continúa su camino con un brumoso “Jugo” y una vuelta más por esa fuente inacabable de inspiración para Los Espíritus que parece ser Manal, en “Perdida en el fuego”: “Vos sos mujer mi hoguera”, canta Soraes, mientras Prietto puntea su guitarra detrás una y otra vez.

Con “La rueda” el grupo empieza a mover la patita rocanrolera con conciencia ambiental: “Pobrecita la madre tierra, pudrimos los mares, pudrimos los ríos, pudrimos las aguas que beben los niños”, canta ahora Prietto en su versión más Viejas Locas que nunca, en uno de los puntos más altos del álbum, mientras “Esa luz” cierra lo que en su edición en vinilo será efectivamente el lado uno en plan balada luminosa con solo de guitarra caliente.

Así las cosas, el lado b arranca con “La mirada”, primer corte que huele a “Perro viejo”, ese hit under de su disco anterior que sonó en las radios y, en cierta medida, hizo conocer al grupo. Se trata de otra pintura urbana de esas que tan bien le salen a Prietto, con reclamo social incluido: “El pasaje salió el doble y ninguno dijo nada. Hay demoras en el subte y ellos aguantan la mirada”.

Foto: LA NACION

“Mapa vacío” derrama psicodelia latina, y la cadencia de “Las armas las carga el diablo” los devuelve a ese blues arrastrado sin perder modernidad. Aquí, una vez más, Prietto deja una de esas frases con destino de eslogan rutero: “Las armas las carga el diablo y las descarga un oficial”.

Con el paso de los años y los discos, sin moverse de su eje, la banda parece absorber músicas y conceptos sin contraindicaciones, del spaghetti western al ritmo latino, todo suena natural.

“Vamos a bailar, que la Tierra está susurrando la gran verdad”, cantan en el último tema, “El viento”, otra vez con el rock and roll en la sangre y el aviso de advertencia: correrá mucha agua, mucha sangre, mucho viento y cada una de nuestras voces se apagará.

Fuente: La Nación

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