El apoyo de Alberto Fernández al Frente Amplio uruguayo es innecesario y poco prudente

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El Presidente electo de Argentina viajó a Uruguay para apoyar con su presencia la fase final de la campaña electoral de la fórmula del Frente Amplio, con la que siente afinidad política.

Puede ser algo innecesario y a lo mejor poco prudente.

La coalición de centro-izquierda uruguaya ha gobernado tres periodos presidenciales de cinco años consecutivos y ganado la Intendencia de Montevideo durante casi tres décadas.

Es cierto que los sondeos -que no son infalibles en cuanto a pronóstico- dan una ventaja de entre 3 y 5 puntos para el candidato del Partido Blanco Luis Lacalle Pou. Pero nada asegura que la presencia de Fernández resulte eficaz para revertirla.

Su participación en la campaña uruguaya puede no ser efectiva en términos electorales, pero puede dejar resquemores entre dos presidentes -si gana el candidato opositor uruguayo- quienes gobernarán simultáneamente durante los próximos cuatro años por lo menos.

Es cierto que Lacalle no parece una personalidad política proclive a crear conflictos innecesarios en las relaciones internacionales, pero no debe olvidarse que el uruguayo es “una combinación de sencillez y altivez” que debe ser asumida en su particularidad y complejidad.

La jugada de Fernández tiene un riesgo concreto: es posible que en los próximos días se afiance el gobierno Provisional boliviano y Lacalle gane la segunda vuelta en Uruguay.

De ser así, el 10 de diciembre al asumir el nuevo Presidente argentino, se encontraría con una región en la cual ocho de los diez países iberoamericanos de América del Sur (Brasil, Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Paraguay, Bolivia y Uruguay) estarían en la dirección contraria al “progresismo” que impulsa el Presidente electo de Argentina.

Solo Argentina y Venezuela, estarían en la dirección contraria. No es una buena compañía para un nuevo gobierno argentino que debe atender una herencia crítica y situaciones urgentes difíciles, como la renegociación de la deuda.

Pero además, México está dando un ejemplo de “estilo” en diplomacia, que más allá de su orientación político-ideológica, debe ser observado y valorado.

Cuando tras la victoria en las PASO Fernández quiso visitar México, su gobierno le pidió que lo hiciera después de ser electo, fuera en primera o segunda vuelta. Es que la diplomacia mexicana mantiene la premisa,- hoy olvidada por muchos países,- de no intervención en los procesos electorales de otras naciones.

Ahora, ante la crisis boliviana, el gobierno mexicano dio asilo a Evo Morales. Dijo en varias oportunidades, que lo hace “por razones humanitarias”, siguiendo una tradición que en el siglo XX tuvo hitos importantes con la recepción del exilio republicano en la Guerra Civil Española y el latinoamericano durante los gobiernos militares de los años setenta.

Es decir que son valores “humanitarios” y no “políticos o ideológicos”, lo que motivan la decisión mexicana.

Es difícil encontrar en América Latina dos países con tantas semejanzas y afinidades como es el caso de Argentina y Uruguay y ello debe llevar a estar atento para no herir susceptibilidades.

No hay que olvidar que los conflictos entre parientes, son los que a veces tardan más tiempo en cicatrizar.

Fuente: Infobae.com

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