Denuncia y advertencia, en el estilo único de Jorge Fernández Díaz

joaquin

Jorge Fernández Díaz es un columnista disruptivo. Le fascinan los procesos históricos más que las pequeñeces cotidianas. ¿Hay una grieta entre kirchneristas y antikirchneristas o entre macristas y antimacristas? Cualquier observador contestaría que sí, que ese abismo existe. Para Fernández Díaz, en cambio, la grieta separa otra cosa: a los que creen que la Argentina se debe todavía una república en serio, y un progreso de su economía consensual con el mundo, de los que piensan con las ideas de hace 70 años (o de hace 40).

Su último libro (Una historia argentina en tiempo real, Editorial Planeta) es una excelente radiografía del país de los argentinos y un striptease ideológico del autor. Está escrito con la prosa elegante y creativa de un escritor que triunfó, y seguirá triunfando, como autor de libros de literatura (¿quién puede olvidar su conmovedor Mamá?). Pero, a la vez, Fernández Díaz, periodista por vocación y convicción, privilegia la claridad. Elegancia y claridad son la mezcla ideal de los buenos libros, sobre todo cuando tratan de explicar la inexplicable política argentina.

El libro contiene una audacia. Las primeras 90 páginas (perdón por el spoiler) son un relato en primera persona de la peripecia ideológica del autor. Militante de la izquierda en los años de la dictadura y durante el gobierno de Raúl Alfonsín, Fernández Díaz estuvo deslumbrado por Jorge Abelardo Ramos. Ramos fue un raro fenómeno político en los años 70 y 80, aunque luego terminó olvidado como embajador en México del primer gobierno de Carlos Menem. Ramos, que le dio consistencia intelectual a la idea ya anacrónica de un capitalismo autóctono y autárquico, no podía convivir con un gobierno en el que tallaban figuras como Domingo Cavallo y Guido Di Tella. No convivió, se fue de la embajada y la llama de su vieja gloria intelectual se fue apagando hasta su muerte. Sin embargo, en los años 70 Ramos tuvo un enorme predicamento entre estudiantes universitarios, tanto en la Capital como en el interior del país.

En un tiempo todavía influenciado por el Mayo Francés del 68, Ramos prometía tomar el cielo por asalto en nombre del peronismo, pero sin violencia. Así como en una de sus mesas de luz descansaban los libros de Ramos, en la otra mesa de Fernández Díaz esperaban los de Juan José Sebreli, el intelectual que aún ahora, a los 90 años, sigue denunciando el populismo y detesta al peronismo, al que califica de “cesarismo plebiscitario”. Finalmente se impuso Sebreli en la formación intelectual de Fernández Díaz. Se impuso también en el estilo: frontal, directo y provocativo. Sebreli y Ramos, cada uno con sus ideas, son parecidos a Fernández Díaz en su manera de decir las cosas y en la apasionada defensa de sus ideas. Aunque se deshizo de las proclamas de Ramos y abrazó las de Sebreli, lo cierto es que en Fernández Díaz hay rastros estilísticos de los dos.

Escuché decir que Fernández Díaz es hiperbólico en sus análisis políticos. Somos amigos y conversamos frecuentemente. Es difícil no concluir que tiene razón cuando elabora sus ideas, sean hiperbólicas o no. En los años que lleva como columnista político dominical de LA NACION ha profundizado en todos los conflictos del país: desde la pobreza hasta el tráfico de drogas; desde la corrupción del kirchnerismo hasta la violación permanente de los principios democráticos. Su libro es una edición cuidada, prolija y precisa de muchas de esas columnas, que pueden leerse como reflexiones hechas aquí y ahora. Ha confeccionado un trabajo monumental, porque es más difícil reeditar años de columnas políticas que escribir un libro desde cero. El riesgo de escribir un libro totalmente nuevo es que se olvide o se subestime mucha información que contienen sus columnas. Hay una explicación: parece que Fernández Díaz escribe desde su escritorio rodeado nada más que de libros y diarios. Solo parece, porque también es un callejero del periodismo. Es un curioso conversador con dirigentes políticos (durante mucho tiempo incluyó entre sus interlocutores habituales al actual presidente Alberto Fernández) y un lector entusiasta de los autores que deberían inspirar a las nuevas generaciones de jóvenes peronistas y kirchneristas. Desde Arturo Jauretche hasta Juan José Hernández Arregui, leyó a los que deberían leer los jóvenes camporistas, si es que leyeran. Fernández Díaz los leyó para refutarlos con buenos argumentos, que es lo que hacen los intelectuales serios.

Su crítica al peronismo es flamígera y definitiva. ¿Es hiperbólico, por eso? Aunque algunos quisiéramos ver destellos de esperanzas de un peronismo moderno, democrático y tolerante, lo cierto es que la experiencia y la historia le dan la razón a Fernández Díaz. Los pobres son cada vez más en la Argentina (la cifra real se acerca al 50 por ciento de la sociedad). La clase media, ambiciosa y reclamante, se encogió dramáticamente. El país es un territorio de consumo y tráfico de drogas, como nunca antes había sucedido. La economía no creció ni se diversificó, a pesar de que vivió en la primera década del siglo actual el auge económico más importante desde la Segunda Guerra. La soja fue la santa protectora del kirchnerismo, pero la usó mal: despilfarró millones de dólares para construir un proyecto político familiar. El balance es devastador. El peronismo gobernó el país durante 25 de los 37 años de democracia. Y cogobernó durante parte de la administración de Raúl Alfonsín después de la derrota alfonsinista de 1987. ¿Se puede exculpar al peronismo de esa historia de fracasos? No. Solo se puede pedirle que no insista en recorrer el mismo camino porque terminará siempre en el mismo final. Las páginas de Fernández Díaz están llenas de esas reflexiones y son también, aunque él no lo confiese, una exhortación al peronismo. Los peronistas deben cambiar si no quieren quedar en la historia como los verdugos de un país que no fue.

Muchos me preguntan si las rabietas de Fernández Díaz, perceptibles en sus columnas (también en este libro) y perfectamente audibles en su programa de radio, son actuaciones, meras poses de un personaje especialmente construido. Lamento decepcionarlos. Él es así. Un argentino impaciente y encendido que lleva la sangre caliente que heredó de los asturianos. Desde Sarmiento, el país ha tenido articulistas con posiciones definidas que usaron su pluma para defender sus ideas o para hacer en su nombre vehementes denuncias. Fernández Díaz no es el primero con ese estilo, pero es único en el panorama actual. En lugar de ver a un adversario implacable, los destinatarios de sus criticas deberían descubrir a un periodista entusiasmado con cambiar el destino de su pobre país. Solo los que quieren seguir hurgando en el fondo del abismo y los que desprecian los cambios pueden considerarlo nada más que un caprichoso enemigo. Los cambios podrán ser como él los propone o podrán ser otros, pero nadie puede negar que a la Argentina no le está permitido seguir generando crisis cuyos secretos le son privativos.

El libro es una denuncia y también una advertencia. Una denuncia que incluye a toda la dirigencia política, económica y gremial. No hay santos en un país con tantos pecados. No hay inocentes en la cresta de la política. Solo los argentinos de a pie pueden declararse inocentes entre tantos estragos. Las muchas páginas de Fernández Díaz se leen como un largo artículo y uno se queda hasta con ganas de más. Se disfruta de la prosa con la misma intensidad con que se saborean las ideas que brotan en cada párrafo. Aunque la superstición de la grieta puramente partidaria puede desaparecer al final del libro, lo cierto es que queda la conclusión de que el país ya no tiene muchas oportunidades. Recuerda, incluso, el célebre poema de Jaime Gil de Biedma: “De todas las historia de la Historia sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. Solo habría que escribir el nombre de la Argentina donde dice España. El esfuerzo intelectual de Fernández Díaz se cifra precisamente en que el nombre de su país no sea incluido en un poema trágico.ß

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